Los mbuti de África Central

Albert Sánchez Piñol

Centre d’Estudis Africans

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Introducción: un triste olvido

La antropología es una disciplina que constantemente se está cuestionando a sí misma. Su objeto de estudio —la humanidad, o mejor dicho las diferentes humanidades que cohabitan en la especie humana— hace que se generen preguntas sobre su pasado y futuro, e incluso la razón de ser de la propia antropología. El caso de los mbuti  es un buen ejemplo.

Después de unos años al margen de la actividad antropológica, recibí con mucho gusto la invitación del Centre d’Estudis Africans (CEA) para escribir este artículo. Como es lógico y natural, hice un esfuerzo para actualizar mis conocimientos sobre el estado de las investigaciones en el campo de la etnografía mbuti. Pero, me quedé sorprendido al descubrir que prácticamente no había habido adelantos. Es como si la ciencia antropológica hubiera olvidado a los mbuti y, con ellos, a buena parte de los mal llamados” pueblos primitivos”. ¿Qué motiva un olvido tan significativo? Olvido significativo y, a la vez, importante, porque en el mundo de la antropología clásica las grandes monografías estaban dedicadas a grupos humanos como los mbuti, es decir, remotos, desconocidos y que mantenían una gran distancia cultural respecto a Occidente. Y en todo caso no hay que insistir en la importancia que tuvieron los mbuti, tanto en el mundo académico como en el imaginario popular, sobre lo que representaba la antropología. ¿O es que la figura tradicional del antropólogo no era la de un señor con salakov que estudiaba a los pigmeos?
La decadencia de los estudios sobre los “pueblos primitivos” sólo puede ser entendida si valoramos la transformación en el seno de nuestras sociedades y, concretamente, en el mundo académico. La antropología nace en un momento en que la universidad es elitista y los grandes imperios dominan el mundo. Los antropólogos son funcionarios de alto nivel de la administración colonial o los hijos de unas clases dirigentes que estudian en las facultades más selectas de Europa. No es necesario decir que estos individuos disfrutan de todas las facilidades para llevar a cabo su tarea investigadora. Acogidos y amparados por la estructura colonial, los antropólogos del momento generan la mayoría de las monografías clásicas, que gravitan sobre el estudio de estos “pueblos primitivos”.
Hoy en día, el panorama académico ha hecho un giro de 180 grados. Por un lado, la universidad ha experimentado un progreso igualitario y democrático. Sus puertas se han abierto a todos los estamentos sociales y, hoy en día, la antropología ha dejado de ser, felizmente, un círculo clasista. En contrapartida, se tiene que admitir un descenso en la calidad de sus estudios. El antropólogo clásico era de edad madura, tenía al alcance todos los recursos de una situación de bienestar y sumaba estudios multidisciplinarios. El perfil de hoy en día habla de estudiantes jóvenes, con urgencia para publicar y poca disponibilidad temporal. ¿Por qué, pues, y en definitiva, los estudios sobre pueblos como los mbuti han decaído de una forma tan extrema? En esencia por tres motivos: porque las becas escasean; porque el hábitat geográfico de estos pueblos es un Tercer Mundo paupérrimo, hecho que implica un plus de riesgo en el trabajo de campo; y porque la estructura de los departamentos académicos orienta hacia otro tipo de estudios. Si hoy en día nuestros doctorandos prefieren hacer trabajo de campo entre grupúsculos de lesbianas de la derecha del Ensanche, o sobre las relaciones de poder en el seno de un club de fútbol de primera regional, no es que porque el estudio de los “pueblos primitivos” haya perdido interés intelectual, sino porque no es rentable en términos de ascenso en la estructura jerárquica académica. En efecto: una de las grandes virtudes de la mirada antropológica es que puede dirigirse a cualquier grupo humano. Lo repito: cualquiera. Por todo esto, del mismo modo que el estudio riguroso y exhaustivo de los mbuti no tiene más valor que el de una peña ciclista, también podemos afirmar todo el contrario. Y lo que convierte a este olvido en que tenemos a estos pueblos sea desolador es que nos tenemos que acostumbrar a referirnos a ellos en presente histórico. La forma de vida tradicional de los “pueblos primitivos” está en fase terminal. ¿Tendríamos que lamentarlo? Depende. Por un lado, podemos a alegar que toda sociedad cambia, y que el cambio es inevitable. Por otro, podríamos constatar que estos “cambios” no son queridos, sino forzados y que obligan a los mbuti a abandonar una forma de vida para adquirir otra mucho más precaria, siempre en la periferia de la globalidad. Al menos, pues, que se nos permita ser notarios de una diversidad que no hemos sabido apreciar, quizás porque nunca llegamos a conocerla del todo.

Historia y sociedad mbuti

Los mbuti tienen una Historia. Lamentablemente, y como en tantos otros aspectos del mundo mbuti, nuestros conocimientos sufren de graves lagunas. Toda la franja central africana, el bosque tropical, está habitada por unas poblaciones de tronco común, que en Occidente fueron conocidas con el nombre colonial de “pigmeos”. ¿Cómo llegaron hasta allí? La pregunta todavía no tiene una respuesta definitiva. Conviven dos teorías. Según la más aceptada, los pigmeos serían una población anexa a las grandes migraciones bantús de hace 200.000 años. Siguieron el núcleo migratorio, y una vez en el trópico se adentraron en la selva, desde donde mantuvieron una relación de periferia simbiótica con sus vecinos bantús. La segunda teoría afirma que los mbuti eran una población preexistente a las grandes migraciones que ya habitaba el bosque africano. El defecto de esta teoría es que, en contra de la creencia popular, la selva africana es deficitaria en algunos elementos alimentarios básicos para la supervivencia humana, como los hidratos de carbono. Sólo la vecindad con otros grupos humanos permitiría a los pigmeos un intercambio comercial de hidratos de carbono por proteínas, de las cuales el bosque es excedentario. Sea como fuere, una vez establecidos en el gran bosque africano estos grupos humanos se fragmentarían. Y hoy en día los mbuti son la sección oriental de esta población mal conocida con el nombre de “pigmeos”. Los mbuti habitan el bosque ubicado en el este de la actual República Democrática del Congo.
Una presentación tan limitada no permite entrar en detalle, así que nos limitaremos a un esbozo genérico de los principales rasgos de la sociedad mbuti.

Economía y demografía

Los mbuti son cazadores-recolectores, una etiqueta muy útil a efectos taxonómicos, pero que en realidad agrupa estrategias económicas muy diferentes. Los mbuti son inseparables de su entorno natural: el bosque central africano, uno de los ámbitos naturales más agresivos del planeta. Y justamente es esta naturaleza hostil lo que hace admirable la adaptación de una sociedad que apenas supera el nivel tecnológico del paleolítico.
La sociedad mbuti se articula a partir de pequeños grupos humanos relacionados entre sí. El campamento típico está formado por unidades de entre 15 y 70 o 80 individuos que habitan unas cabañas en forma de iglú. Estos campamentos nunca son permanentes, y tienen por objetivo expoliar el área circundante de los bienes alimentarios que se puedan obtener, desde insectos y hongos hasta pequeños antílopes. Según una teoría ecologista, los mbuti mantienen esta estructura deambulante guiados por un afán consciente de no agotar el entorno natural. Es decir, que el campamento se desplaza de lugar periódicamente y después de un tiempo el grupo puede volver a establecerse en el mismo lugar. Pero la tesis más aceptada es que los mbuti se desplazan simplemente para huir del acoso de una pulga de la subclase vermipsyllidae, que se siente atraída por el calor humano y que se puede considerar como una auténtica plaga.
Antes decíamos que los mbuti tienen una Historia. Y todavía podríamos añadir que casi siempre han formado parte de la Historia. Los enseres de cacería de los mbuti sufrieron una revolución en el siglo XVI cuando se introdujo la ballesta. El arma provenía de las bases establecidas por los portugueses en diferentes lugares de la costa africana. Su uso se extendió por el interior del bosque tropical a una velocidad sorprendente. No fue un préstamo gratuito: la ballesta introdujo cambios profundos en la estructura social y económica de los mbuti. Gracias a las ventajas que proporcionaba la ballesta, tanto en eficacia como en potencia de tiro, los mbuti se especializaron en la caza de elefantes de la selva (el loxodonta cyclotis, más pequeño que su pariente de la sabana o loxodonta africana). Esta especialización fue inducida por la demanda de marfil de la costa, desde donde los establecimientos comerciales europeos lo distribuían por toda Europa. Es decir, que puede afirmarse que los mbuti ya estaban integrados en una economía globalizada desde una fecha tan temprana como finales del siglo XVI. Pero la ballesta murió de éxito. El número de elefantes se redujo drásticamente y la demanda decayó. A partir de aquel momento la pieza más voluminosa pasó a ser un pequeño antílope, el dik-dik o madoqua guenther.
Pero si en algo se basa el éxito de la economía mbuti es en la red social. Entre los mbuti se manifiesta una cierta especialización de género, aunque poco rígida. En términos generales las mujeres acostumbran a dedicarse a la recolección y los hombres a la caza. Estos ingresos de alimentos se complementan con lo que se obtiene de los intercambios con los vecinos bantú, sedentarios. Y, por encima de todo, como decíamos, lo que garantiza la seguridad alimentaria es la red de campamentos mbuti distribuidos por la selva en clave de equidistancia. Unos campamentos unidos por relaciones de alianza y parentesco que se apoyan los unos a los otros en caso de algún tipo de déficit. Es paradójico decirlo, pero la selva, el lugar salvaje por excelencia, es uno de los ámbitos más socializados del planeta.
Por lo demás, el nómada es un individuo esencialmente pobre. Todo lo que tiene lo tiene que llevar forzosamente encima. El bosque africano es un medio agresivo y no puede sostener grupos humanos muy numerosos. (Los expertos no se ponen de acuerdo, pero una cifra razonable habla de entre 30.000 y 40.000 mbuti distribuidos por el cinturón boscoso de los trópicos). Pero habría que abandonar las falsas impresiones. La imagen del pigmeo desnudo, pobre y errático, moviéndose en bandas poco numerosas, hace pensar en una sociedad de carencias, paupérrima, siempre en la frontera de una epidemia de hambre. Esto es radicalmente falso. De hecho, todos los estudios corroboran que, gracias a la despensa que es la selva africana, los mbuti disponen de una alimentación mucho más sana, segura y variada que sus vecinos bantú. Es más, según los cálculos establecidos por los estudios etnográficos, los mbuti no dedican a las tareas de obtención de alimentos más de ocho horas a la semana.

Política

Los mbuti conforman una de las sociedades más individualistas del planeta. Por un lado, la estructura social se estructura a través de una solidísima red establecida mediante las relaciones ininterrumpidas que mantienen los campamentos. Por otro, y simultáneamente, el bosque ofrece una profundidad estratégica que permite al individuo conectarse y desconectarse de su entorno a voluntad. Es decir, que la selva, como decíamos antes, es un entorno perfectamente social: todo el mundo sabe donde están los otros, sus ascendientes y vínculos familiares. Y a la vez la migración entre campamentos es totalmente libre. No es nada extraño que un padre o una madre abandone una temporada su familia y se  vaya a otro campamento, donde se  estará hasta que le plazca. Nadie le pedirá explicaciones ni le urgirá a cumplir sus obligaciones. El individuo es, pues, soberano, y la soberanía individual se entiende como un valor superior incluso a las obligaciones de parentesco. Y aquí tendríamos que añadir un ítem que refuerza las tendencias individualistas: la sociedad mbuti es de un igualitarismo casi perfecto.
El igualitarismo no es una esencia del mundo mbuti, sino un producto histórico. Antes mencionábamos la introducción de la ballesta. La nueva arma, aplicada a la caza de los elefantes, creó una figura nueva: el “cazador de éxito”. En una sociedad no monetaria, el único capital real es el prestigio. El “cazador de éxito” se elevó entre sus iguales, creando un principio jerárquico. Pero la práctica desaparición de los elefantes acabó con su estatus preeminente. Todavía más: a partir de aquel momento el elefante fue sustituido como pieza principal por el antílope dik-dik, la captura del cual exige de la participación de todo el grupo. El dik-dik se caza mediante una red similar a la del tenis, y más larga, que se desenrolla cercando una gran área. Una parte del grupo sostiene la red, mientras que otra empuja los antílopes hacia ella. Una acción grupal que involucra a hombres, mujeres y niños, y en consecuencia democratizó la tarea primordial de un campamento mbuti: la seguridad alimentaria.
Algunos expertos incluso han sugerido que la atomización de los campamentos tiene como finalidad impedir el control del grupo por parte de un individuo políticamente ambicioso. El hecho es que entre los mbuti no hay ningún tipo de liderazgo permanente. Sólo para ciertas acciones muy concretas y delimitadas en el tiempo, como encabezar un grupo de caza, se otorga a individuos concretos un cierto mando.

Religión, parentesco, sistema jurídico

En una encuesta universal en que se preguntara a los mbuti sobre sus creencias religiosas, es muy probable que pusieran una cruz sobre la casilla no sabe / no contesta. Todos los datos etnográficos que adjudicaban a los mbuti la creencia en una entidad superior y única se han que tomar con mucha cautela. Por norma general, estas afirmaciones las hacían antropólogos que a la vez eran misioneros, y que tenían cierto interés en hacer entrar a los mbuti en el club monoteísta. Como mucho, los mbuti creen en unos genios malignos que se ocultan en la selva, pero hay consenso en adjudicar esta creencia a un préstamo cultural de los árabes que en el siglo XIX hacían incursiones hasta el centro del continente.
Lo que realmente sorprende de los mbuti es que tengan un aparato ritual tan bajo. La ceremonia central es el molimo, un rito de paso de la adolescencia a la edad adulta que tienen que practicar todos los jóvenes, chicas y chicos, por separado. Una vez superada la edad púber, el mbuti, hombre o mujer, ya está preparado para el matrimonio, una ceremonia que se limita a la fiesta que lo anuncia, y que no valora la virginidad o la dote, y que ni siquiera implica que los integrantes de la pareja empiecen a vivir juntos a partir de aquel momento. Y es posible que convivieran desde mucho antes. De hecho, el matrimonio mbuti es una institución paradójica: por un lado, la tasa de divorcios supera el 70 %, y, por otra, las encuestas etnográficas revelan que casi ningún mbuti tiene la percepción de que su sistema familiar esté en peligro. La conclusión quizás sea que la sociedad mbuti se rige por un sistema de instituciones líquidas: rituales débiles, irresponsabilidad individual, hábitat móvil, poder acéfalo. Al mismo tiempo, sin embargo, el principio distributivo es una base tan firmemente establecida que no hay discrepancias en su preeminencia. La misma encuesta que ponía en evidencia la altísima tasa de divorcios también aportaba otros datos. Por ejemplo, que todas las mujeres de un mismo campamento, sin excepción, se consideraban copartícipes de la educación de todos los niños de aquel campamento. Es más, una sociedad nómada, paleolítica y selvática no se puede permitir un aparato jurídico como el nuestro, pero los únicos crímenes que son rigurosamente reprimidos son aquellos que van contra el principio distributivo.
Una sociedad de cazadores-recolectores sólo puede sobrevivir si sus miembros aprenden a compartir los productos de la caza y la recolección. Los egoísmos individuales, pues, son castigados por el grupo. En ausencia de un aparato judicial central, la máxima institución punitiva es el vacío colectivo, la condena al ostracismo o, más a menudo, a sufrir la burla del grupo. Se podría creer que es un castigo venial; no lo es. El mundo social de los mbuti es forzosamente limitado. Y ahora, imaginémonos todo el entorno humano de un individuo ridiculizándolo día tras día. El cambio de actitud no tarda en producirse.

El mito de los “pigmeos” revisado

Desde su “descubrimiento”, los pueblos llamados “pigmeos” han generado una gran expectación en el mundo occidental. Su entrada en escena ya tuvo un eco grandilocuente. Si denominamos a los mbuti “pigmeos” es porque uno de los primeros exploradores europeos que entró en contacto con ellos, el alemán Georg Schweinfurth,  los confundió con los míticos pigmeos descritos por Homero en la Ilíada, es decir, unas criaturas de medio metro de altura y que mantenían una guerra indecisa con las grullas. Y decimos que Schweinfurth fue “uno de los primeros”, no el primero. Este honor tendría que recaer en Du Chaillu, un norteamericano. Pero Du Chaillu no vinculó la realidad etnográfica que había presenciado con un texto clásico y fue obviado. No hay que decir que los mbuti africanos no tenían absolutamente nada que ver con Homero, pero África siempre ha sido una fuente de exotismos y el público europeo quería creer en maravillas.
Desde entonces los europeos no han dejado de proyectar en los “pigmeos” sus anhelos. Sería demasiado extenso entrar en detalles, pero las diversas oleadas de occidentales que han llegado a sus latitudes han querido creer que esta sociedad, tan remota, había encontrado la solución a sus propios conflictos. Los misioneros quisieron ver en los mbuti un pueblo que creía en un Dios único sin necesidad de un mesías que se anunciara; el movimiento homosexual, los reivindicó como una sociedad sin prejuicios ni tabúes sexuales; una determinada izquierda creyó que los mbuti habían llevado a cabo la utopía socializadora; los movimientos contraculturales se inspiraron en un “buen salvaje” representado por los mbuti, que liberaba su conciencia mediante la ingesta de productos naturales que serían el equivalente a los psicotrópicos, e incluso, hoy en día, los movimientos Verdes los elevan a la categoría de ecologistas “avant la lettre”.
Todas estas interpretaciones dejan un inevitable poso de tristeza. Porque  al querer encontrarnos en ese espejo remoto que es el salvaje perfecto, nos hemos olvidado del elemento principal de la ecuación: los mismos mbuti.
Quizás la grandeza de los mbuti no sea ninguna de las virtudes que les atribuimos, sino el hecho, simplemente, de que hayan existido. Quizás su gran mérito haya sido vivir la experiencia humana de una forma única y original, demostrándonos que la vida es un principio inagotable en su versatilidad. Admitirlo fomentaría nuestra tolerancia y nuestra capacidad de admiración. Por desgracia, ¡ay!, este reconocimiento llega tarde. Porque hoy en día la forma de vida mbuti está en proceso de desintegración, y se trata de un proceso sin duda irreversible. Tanto es así que las páginas anteriores ya se tienen que leer en presente histórico, y la deplorable conclusión quizás sea que no hemos sido dignos de esta ubérrima diversidad.